Actualidad
La dimensión destructiva del individualismo y del consumismo hace daño a la solidaridad y reciprocidad

El flagelo del individualismo sumado al consumismo del “sálvese quien pueda y como pueda” está haciendo mella también en aquellas comunidades que son ejemplo de solidaridad y reciprocidad, manifestó el reconocido maestro universitario Enrique Del Percio, Rector de la Universidad San Isidro de Buenos Aires, trayendo a colación la experiencia que tuvo en una jornada en el sur de Quito, Ecuador.
Los asistentes, tanto presencial como virtual, que concurrieron al evento organizado por la CLAC-WOW en Buenos Aires, siguieron con atención cada uno de los conceptos del académico argentino, sobre todo cuando recalcó “Ante este cuadro, otros podrían desanimarse y bajar los brazos. No es este el caso de las comunidades que entienden la solidaridad y reciprocidad, pues los anima una convicción profunda: nadie se salva solo, nadie se realiza sino es en una comunidad que se realiza. En el lugar más recóndito del alma de cada ser humano late el ansia de felicidad, de realización personal, y ahí radica la esperanza. Esta convicción es la misma que mueve a tantas personas en todas las latitudes a enfrentar desafíos tan similares”.
En otro pasaje el profesor Del Percio puntualizó: “Creo que vale la pena analizar qué prevalece la concepción individualista en nuestros días y qué cabe hacer al respecto. La ideología neoliberal coherente con esta concepción, con sus notas de exaltación del egoísmo y del achicamiento del sector público, no podría haber permeado tantas sociedades hasta transformarse en hegemónica, en Occidente, si previamente no se hubieran dado una serie de cambios socioculturales”.
Del mismo modo hizo un análisis del significado que tiene una verdadera fraternidad, sobre todo cuando se trata de personas que trabajan y aspiran a un mundo mejor. Remarcó: “A diferencia de lo que acontece con la libertad o la igualdad como ideales a conseguir, la fraternidad, por provenir de la misma estructura antropológica, de la propia “naturaleza” humana, no es un ideal a conseguir sino una realidad que debe ser reconocida. En clave de antropología teológica, se concibe a la persona como imagen y semejanza de un Dios Trino, de un Dios que es relación antes que sustancia. Más allá de las creencias religiosas, la fuerza simbólica que tiene la concepción de un Dios trinitario es muy clara. Cuando el ser humano no se reconoce como hermano de los demás, cuando alguien por su diferencia de raza, cultura, estatus socioeconómico o lo que fuera, se cree que no es hermano de otros, aparecen los problemas. Y cuando no toma conciencia de su relación fraternal con el resto de la Creación, esos problemas se agravan. Cuando alguien se cree con derecho a imponer a otros sus ideas o exigir que cumplan sus órdenes al modo en que un padre o madre autoritarios pueden hacer con sus hijos pequeños, la convivencia se verá necesariamente afectada. No hay padre ni madre fuera del espacio doméstico. De eso se trata la fraternidad como ineludible condición humana”.
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